25 may 2008

Troglodita

"Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo"

Napoleón Bonaparte

Acabo de leer tu mail, tranquilamente y sin renegar, tratando de respirar profundo y mantener la bilis donde pertenece. Mi conclusión: eres un payaso. No puedo decirte otra cosa porque prefiero reirme antes de colpasar por tu estupidez.

Recuerdo cuando te conocí hace más de dos años, en una de las noches de estudio en la casa de Carmen. Tú, minero, eras el primer puesto de tu promoción y estabas también en esa casa estudiando con el hermano de Carmen. Conversamos y de alguna forma, me di cuenta que tenías un gran coeficiente intelectual pero uno emocional que daba negativo. De alguna forma también, vi tu neanderthalismo un poco interesante (pienso en todas las veces en que las mujeres tienen un lapsus de percepción distorsionada de la realidad, un breve alejamiento del sentido común y racionalidad) Después de algún tiempo, ya que yo había terminado con el chico con el que estuve dos años - mal momento para comenzar una relación - decidí estar contigo y ver qué pasaba.

No pasaron ni tres semanas para darme cuenta de que eso no iba ni para delante ni para detrás. Yo sé que tú me querías, y sé que te esforzaste en que todo vaya bien pero nada se puede forzar en realidad. Lo que no es para ti, no se quedará contigo. Tú mismo te autodenominabas hombre-bestia y en realidad todo el tiempo que dedicaste en pulir tus estudios, lo perdiste en pulir tu personalidad. Tu falta de tacto, de cordura, de palabras ecuánimes, en pocas palabras tu tan celebrado intento por ser un hombre de Cromagnon más terminó por abrumarme. De alguna forma totalmente inexcrutable para mí, alguien te había hecho creer que tal forma de violencia y tontería nos gustaba a las mujeres (hombres, que no saben diferenciar cuándo es buena una imposición de fuerza que de alguna forma tierna te intimide, muy diferente a besos que te dejen heridas y dolores durante toda la semana) Así que con pocas palabras y en los mejores términos porque a fin de cuentas yo te apreciaba y tú me querías, se terminó lo que ni siquiera había terminado de iniciar.

Al tiempo yo volví con la persona con la que había estado tanto tiempo, y tú te conseguiste una enamorada de despecho - y no porque yo lo haya descifrado sino porque increiblemente tú me lo escribías en los mails - por lo que te deseé alas y buen viento. Tú te portaste mal un par de veces creyendo que al verte con ella yo iba a ingresar a un status de estigma y sangrar por las fosas nasales mientras convulsionaba de los celos que no me cabían en el pecho (todavía creo que los hombres han visto demasiado "Amores Prohibidos" o "El Noveno Mandamiento", entre tantas otras pastillas televisivas para atrofiar la mente) y yo obviamente solo sonrei esperando que los 5 años que me llevabas cronológicamente en algún momento salieran a relucir con un comportamiento alturado y no de ingresante a secundaria. Eras ya un ingeniero de minas y me pedías que no te hable por el msn porque tu enamorada se molestaba!! Así que te hice el favor y te bloqueé del msn, del Hi5, te borré del celular y de todo registro donde pudiera haber viso de comunicación contigo porque tu inmadurez llegaba a límites insospechados.

Te encontré en la fiesta de cumpleaños de Carmen. Para mi no sorpresa, tu enamorada no había ido. Y no pasó mucho rato para que te acercaras, primero en un plan de don juan (así, en minúsculas) y luego terminaste diciéndome que estabas con ella porque querías olvidarme. ¿Te parece de caballeros decir eso? Si en verdad piensas que una mujer valora que le digas que por ella estás envuelto en una relación que solo usas para olvidarla, dejando a tu enamorada como la más ridícula de las incautas, entonces no has leido el libro correcto. Sientiendo pena te deseé nuevamente mucha suerte y te pedi que jamás trates a una mujer como cualquier cosa, y que la chica merecía más respeto. Consejos que no oiste.

Mi relación después de tres años terminó y yo no volví a saber de ti hasta ese día que me llamaste. Mi papá, entre la coquetería, soberbia, inteligencia y responsabilidad, también me heredó el don de la clarividencia, a un paso de graduarnos de chamanes, y ni bien reconocí tu voz supe que habías terminado con tu enamorada. Te lo pregunté y me dijiste que sí, pero que no me llamabas por eso, sino que querías hablar conmigo de algo importante, y un largo bla elevado a la n más. A tanta insistencia, porque si te caracterizas por algo es por ser perseverante no siempre en el buen sentido de la palabra, accedí a una conversación en un café. Extrañamente cuando nos sentamos a conversar, te vi un poco cambiado. Te vi diferente, más educado, más ingeniero, más gente. Me alegré de tu mejora y te felicité porque a la larga, eso solo te beneficiaría a ti y a nadie más. Tú te portaste bien, no dijiste nada de más, ni siquiera cuando me contaste de lo mal que se había portado tu enamorada y como ahora estabas más solo que una ostra. Te dije lo único que podría haberte dicho en esa situación: "Sabes que para mí estás muerto, y jamás resucitarás, y si estamos hablando ahora es porque a nadie le afecta una conversación con un personaje de ultratumba, pero que eso te sirva de lección para no dejar de lado a amigos o personas importantes por una relación, porque cuando se pierden las cosas ya se pasó el tren del arrepentimiento y tú ni lo viste" Tú sorprendido, me escuchaste y me dijiste está bien. Se terminó el café y cada uno se fue a su casa, ni más ni menos.

Y ayer, que salgo tarde de clases y me voy a la verbena de mi universidad un rato para relajarme y divertirme un rato, llego y te veo ahí, con Carmen y unos mineros más. Saludo, un par de palabras y me voy a bailar. Lo curioso es que nuestra interacción en toda la noche fue un baile, un pásame el vaso y un a qué hora se van. Cuando ya era hora de irme, pregunto quién salía también. Para mi mala fortuna nadie tenía planeado despegarse de la orquesta, salvo tú, que también te ibas porque tenías que trabajar. Esos son los momentos donde enerva ser mujer (así como cuando quiero ir al estadio a ver a mi equipo y ninguno de mis amigos puede y yo me tengo que quedar en mi casa lamentándome el no ser hombre para cruzar con frescura Matute e ir a alentar), porque la salida de la verbena era peligrosa y aunque andar contigo era un peligro, el riesgo de ser asaltada en el puente que debía cruzar lo era aún más, así es que no tuve más opción que aceptar que me acompañes a mi casa. En fin, la tuya quedaba cerca.

Tomamos el taxi. Ya conociendo tus reacciones impulsivas y tus tonterías, me pego a la otra puerta porque a lo mejor se te cruzan los chicotes y algo dices o haces. Todo bien, conversamos tranquilos de Carmencita y su próximo cumpleaños y ya pronto llegamos a mi casa. Bajas, bajo y saco mi llave. Y es ahí como rememorando tu información genética, regesionando a los antepasados de lo que hoy se conoce como hombre cuerdo, te disfrazas por un momento de un troglodita. Pienso que solo te faltaron las pieles y el cabello largo para completar el cuadro. Me tomas de la mandíbula, utilizando la misma fuerza con la que en las películas el bueno le tuerce el cuello a los soldados malos, y transformas mi intento de despedirme decentemente en un beso-mordida-lesión forzado, doloroso, estúpido. Eso, ignorante del pensamiento XX, no es espontáneo, ni romántico, ni apasionado, ni impulsivo ni producto del momento. Esa maniobra es la consolidación pura de la idiotez. Y lo incrieble es que mientras yo trataba de safarme - no como en las novelas en que primero se ofrece una cuasi-resistencia que al final se transforma en un dame más - sino realmente de safarme, no pude hacer audible mi grito de suéltame porque tus fauces me lo impedían. Hasta que la adrenalina producto de la cólera de esos 3 segundos me dio fuerza para tirarte un puñete en la cara, que fue lo único que pudo hacerte entrar en razón. ¿Qué fue lo que pasó por tu cabeza? ¿Creiste que yo iba a corresponder tu beso bestial, abrazarte y decirte: no puedo seguir lejos de ti? En qué momento de los: no quiero tener nada contigo, tu no existes para mí, no me interesas, jamás volveré contigo o tu bestialidad es lo peor que Dios te ha dado, no fui lo suficientemente clara. No puedo creer que en verdad sigas pensando que las mujeres dicen ternura, pero quieren azotes y besos a la mala. ¿Qué pensabas, Erick, que en verdad iba a suceder?

Luego de largarte y tú de caer en cuenta de la tontería que habías hecho, entro a mi casa. Para mi peor suerte, recuerdo adentro que tú guardaste mi libreta de apuntes en tu mochila. Cosa imprescindible, para mi desgracia. Me llamaste 37 veces, y en la 38 te contesté para decirte: mañana me traes mi libreta, tírala por debajo de la puerta y desaparece luego de eso. Me voy a dormir molesta, porque no hay peor cosa de que te fuercen a algo, que lo que tú digas valga menos que un chancay y que la gente se burle de lo que tú quieres, o no. Fatal, hombres que no saben pensar.

Hoy me voy a la universidad con la certeza de que alguien más que conocía ha sido absorbido por la fuerza cósmica de la vanalidad y en pocas palabras, has muerto para mí. Tranquila voy en mi clases, hasta que mi batería se termina por las 21 llamadas que me haces, sabiendo que estoy en clase y que jamás te voy a contestar. Es que acaso los hombres, llegado un momento, usan un mecanismo bloqueador del sentido común, y no interpretan que si una mujer no les responde al tercer timbrado es que no puede, o por último no quiere hablar con ellos? En que momento de la formación de varones, se les inculca que el que la sigue la consigue? Cuándo fue que perdieron la capacidad de interpretar un no como NO, y no como lo que les venga en gana? Ya fastidiada, esperando que hayas dejado mi libreta por debajo de mi puerta y te hayas ido para siempre, salgo de mi clases y me voy a mi casa.

Estoy llegando a mi puerta y escucho mi nombre. Ahí estás, sonriendo como idiota, me das mi libreta y me voy. Tienes la graciosa frescura de preguntarme por qué estoy tan molesta, y solo atinas a sonreir cuando te largo de mi entrada. Te quedas parado afuera de mi reja, en una visión coríntelladista que me encoleriza y entro a mi casa. Cuando al fin ya te has ido, reviso mi libreta porque otra vez mis conexiones con Rosita Chu me dicen que alguna tontería has escrito. Efectivamente, me pones garabatos indescifrables y lo peor, tres hojas de corazones atravesados por una flecha. Los veo y no puedo dejar de recordar la época de Servando y Florentino y me asusto de pensar que tu edad mental se ha quedado estática en el tiempo. ¿Corazones atravesados? Por favor!! Luego de eso llamas 19 veces a mi celular, y 5 veces a mi casa, hasta que mi papá de la forma más notoria posible te hace entender que me fui al Tibet a visitar fallidamente al Dalai Lama y que probablemente no regrese nunca. Ni aún así te cansas y no paras hasta escribirme un mail.

Ese es el mail que acabo de leer. Yo me pongo a pensar... qué esperaba encontrar cuando vi que me habías escrito. Una disculpa, pensé. Un arrepentimiento, imaginé. Pero no. Empiezas diciendo el floro más alucinado que podrías dar. Me hablas de la naturaleza, del desierto, de los insitintos y de cómo éstos en los leones ayudan a su supervivencia, de cómo ellos se mueven por ese impulso genético y que la vida en la selva es difícil. Yo, interpreto que has alucinado muy feo con algún capítulo de la Nathional Geographic, me sorprendo cómo te comparas con los leones (¿?) y que ayer tú también seguiste tus instintos. Que no te arrepientes porque sino después te habrías preguntado que hubiera pasado si no lo hubieras hecho. Yo intepreto que te has querido sacar el clavo y que poco o nada te importó el puñete que te di. Luego dices que ayer compatibilizamos tanto, acompañados de la orquesta, que nos imaginaste a los dos y recordaste los tiempos en los que éramos felices juntos. Yo interpreto que tienes algún grado de daño cerebral porque si para ti compatibilizar tanto es que estés parado a un metro mío, sin hablarte, y si para ti el tiempo que fuimos felices son 3 semanas insufribles, entonces no hablamos el mismo idioma. Y para terminar, me dices que ojalá se me pase pronto y ya no te de la mirada de "eres un niño malcriado" y un de estos días conversaremos sobre la vida. Yo interpreto que eres un payaso, que cree que esto es un episodio de asma que pronto se me va a pasar y que confunde una mirada de eres malcriado con una mirada de "desvanécete de la atmósfera en la que yo habito". Y si de verdad piensas que claro, uno de estos días te voy a dar una llamada para ir a tomar un trago conversando de la vida, mientras espero pacientemente a que te de un ataque de estupidez de nuevo y me quiebres y lastimes la mandíbula en tu intento de agredirme (lo que para ti es besarme), entonces pienso que el mercurio que utilizas para diluir el mineral en la mina se ha filtrado peligrosamente en tu masa encefálica y no te está permitiendo usar el lóbulo temporal adecuadamente.

Te recomiendo, minero, que te consigas una muñeca. Descarga con ella tus instintos tanáticos, deja que pasen los años y la naturaleza haga su trabajo y cuando por fin tu psique haya madurado lo suficiente y hayas entendido cómo funciona este mundo y cómo funcionan las mujeres, te busques una mujer que te soporte. Pero una con una boca muy muy grande.

Supayniyux

15 may 2008

N.N


"De nuevo su madre apareció sonriéndole, llevándole a jugar por un parque lleno de animales, hace ya mucho tiempo pasado y él, a su corta edad, ya podía decir que todo tiempo pasado fue mejor"

Martín Roldán - Generación Cochebomba

Seguro no pensabas terminar aquí, pitufito. Te toco los cabellos revoloteados, llorando bajito porque si lo hago más fuerte mi profesor se molestará, y hoy realmente ya no quiero escuchar a nadie más. Verás, en este sitio he visto todo lo claro y oscuro de esta ciudad, las miserias que nadie más ve en el final de los días, pero nada te prepara para recibir esto. Nada.

Seguro que pensaste seguir jugando como ayer, después del colegio. Tu papá ya te había castigado por eso, estoy segura. Mínimo 3 soles a la casa todos los días, y sino mejor no llegar porque a esa hora no estaba tu mamá para defenderte - ella nunca estaba porque lavaba ropa rompiéndose entera para que todos tengan algo que comer- y ciertamente tu hermano menor, que también debía traer lo mismo a la casa, poco podía hacer por ti. Me pongo a pensar cuántas veces llegaste con menos de lo que tu papá, empoltronado en el mueble viejísimo frente a la tele en blanco y negro, tomando un trago barato, esperaba. Cuando llegaste descubrí que tenías muchas fracturas antiguas, así que imagino que no cumpliste varios días y tuviste que pagar muy caro las consecuencias. Felizmente eso ya pasó, pitufito, porque tu papá jamás te volverá a tocar.

Me pregunto para qué están los niños en este mundo. Una vez un profesor me dijo que estaban para crecer, para jugar y cuando ya eran más grandecitos, para estudiar. Esa debía ser toda su vida, y tú ayer, saliendo del cole en ese arenal, pensaste justamente que la vida es también reir. Tus amiguitos de 2do grado, todos pitufitos, todos en el arenal, jugaron con todo lo que se pudieron haber imaginado. Tú seguro saltabas, chivateando, sonriendo, viviendo por un momento como un verdadero niño de 7 años. Y tan encantado estabas, que no te diste cuenta que ya muchas horas habían pasado. El hambre aprieta, es cierto, y los caramelos que tenías que vender eran lo único a la mano y comiste varios. Entonces sentiste terror - pienso cómo un niño de tu tamaño, ahora que estás cerca a mí, puede sentir terror - porque no podías llegar a casa sin los 3 soles para tu papá. Y de un brinco saltaste al primer carro que encontraste para ofrecer, a quien pudiera ayudarte, un caramelo de limón.

¿Será cierto que los niños son incansables? Quizás dotados de una energía que rebasa cualquier esfuerzo, de una vida que abruma cuando aflora en tanta cuantía. Pero tú, como todo ser humano, chiquito, estabas cansado de tanto jugar, y no tuviste mejor idea que sentarte un ratito en el asiento del fondo, luego de no vender ningún caramelo, para dormir un ratito antes de llegar a casa. Te despertó el cobrador, en el último paradero muy lejos de tu casa. Ya era de noche, sin luna como casi siempre en esos días que andabas hasta tarde tratando de vender algo, solito, subiendo y bajando en un trajín que te quitaba de a poquitos la vida y la alegría de ser niño. Tuviste que subir a otro carro para retornar a casa, y cuando bajaste, y caminaste hacia la puerta despintada y vieja, temblaste como corderito camino al matadero.

Tu papá te abrió. De un puñete te tiró al piso por haber llegado tarde. Tú no dijiste nada - ya ahora sé que nunca decías nada, estabas siempre asustado - y trataste de explicarle lo que había ocurrido. Cuando mencionaste que no habías vendido, se transformó. Seguro viste esa mirada de diablo, cuando los ojos se le desorbitaban y se encendían, y parecía el mismísimo satanás, tan grande, tan fuerte, tan malo, y tan dispuesto a herirte. Tu papá sacó la bolsa de caramelos: llegas tarde, no traes dinero y encima te has comido la mercancía. Tú ya sabías lo que iba a suceder, pero mientras tu papá te pegaba - cuando llegaste aquí, supe que habían sido patadas a diestra y siniestra - llorabas bajito, así como yo estoy llorando ahorita cuando te veo. Cuando se cansó, y quiso volver a su sillón para seguir tomando te mandó a tu cuarto sin comer, por haberte portado mal. Tú fuiste, adolorido y en silencio, preguntándote si Dios en verdad era tan bueno con todos como cada lunes decía la profesora de religión.

Tu mamá llegó a media noche y fue a verte. Estabas llorando, y te quejabas mucho porque te dolía la barriga. "Déjalo, es un niño malcriado". Ahora que lo escucho, recuerdo mis clases de medicina legal cuando nos enseñaban sobre los niños maltratados y nos decían que sus padres les decían niños malcriados, que por eso merecían ser castigados. Tu mamá supo que algo no estaba bien porque llorabas mucho, más que las otras veces y te retorcías de dolor, pero tu papá pensó que solo hacías una pataleta porque tenías hambre pero como no habías traído nada a la casa, no merecías comer. Y ella no pudo hacer nada, porque cuando quiso cargarte para llevarte a la posta, tu papá la tumbó de una patada y le cayó una de padre y señor mío por desobedecerlo. Solo le quedó llorar bajito, como todos los que lloramos bajito cuando se nos hiela y desangra el corazón, abrazarte y decirte que mañana ya ibas a estar bien.

Ya hoy en la mañana, cuando tu madre se iba a trabajar y te despertaba a ti y a tu hermano para ir al colegio - tu papá dormía hasta medio día, siempre descansando, siempre tomando - ella fue a verte, y cuando te habló y tú estabas pálido, desorientado, semidormido y hablando cosas extrañas, ella se dio cuenta de que estabas muy mal. Sin importarle si después terminaba tirada en el suelo por más golpes, te cargó y corriendo te llevó a la posta, a 10 cuadras de tu casa. Iba rápido, totalmente asustada, arrepentida en el alma de no haber desoído a tu papá en la noche y contra todo haberte llevado donde alguien que pudiera ayudarte. Sentía eso que sienten las madres, inmersa en todo ese legado genético acumulado en los miles de años de evolución, ese deseo imperioso de proteger a quien ha salido de ti cuando su vida peligra, esa sensación de poder pelear con mil bestias cuando las crías están heridas. Eso, que hace a una mujer ser madre. Te hablaba pero tú no respondías, solo balbuceabas cosas en sabe Dios qué idioma. Sabe Dios qué estarías pensando en ese momento, pitufito, qué estarías sintiendo y cuánta vida se te estaba escapando en cada segundo. Tu madre llegó sin aliento a la posta, te dejó en la camilla y el médico, con la sola expresión petrificada de su rostro dijo más de lo que cualquier frase podría haber dicho. "Señora, lleve a su hijo inmediatamente al hospital porque está en shock y se nos va a morir" Estabas ahí sin moverte, de color papel, con los ojos entreabiertos y latiendo tu corazón tan rápido y fuerte que parecía que iba a estallar. Tu mamá tomó un taxi, hablándote en el oído, queriendo ser Dios o la Virgen para darte el aliento que poco a poco se te escapaba del cuerpo. Pensaba ella en todo, desde el momento que naciste, tiempo antes de lo que esperaban, y cómo le diste sentido a su vida miserable. Cómo tú y tu hermano eran la única razón por la cual ella seguía en este mundo, soportando todo por ustedes y peleando contra la vida por ustedes. Por eso, cuando llegó al hospital contigo en brazos, y en emergencia la enfermera la miró con esa cara de compasión con que se mira a quien ha perdido algo preciado en la vida, tu madre se sintió morir. El "es demasiado tarde señora" no llegó a su cabeza, sino que escuchó esas palabras como algo muy lejano que sonaba en un hecho extraño que sucedía muy lejos de donde estaba su mente y corazón. El verte ahí pitufito, sin vida, sin color, sin sonrisa, y sin saber por qué la habías dejado le quitó más de la mitad de su existencia. Y es así como llegaste a mí.

Te recibí en la tarde, cuando te trajo el policía en una de esas bolsas negras motivo de llantos para tantos, y motivo de trabajo para nosotros. Te dejaron en una mesa, nadie me explicó nada, era todavía desconocido el por qué ya estabas muerto. Verás, pitufito - el documento policial me dice cuál es tu nombre, pero prefiero llamarte así, para no estar tan triste - aún cuando la gente es callada para siempre, arrancada de este mundo y despojada de la vida, nosotros, aquí en la morgue podemos recoger lo último que ustedes quisieron decir. Podemos descifrar el motivo de las cosas, y por último, podemos ayudar a la justicia. Entonces, cuando llegaste, con los ojitos cerrados, decidí que tu muerte no podía quedar sin explicación.

Lentamente, con el profesor, hicimos todo el examen. Nunca es fácil hacer una necropsia, y mucho menos a un niño, pero paso a paso y acuciosamente tratamos de encontrar la causa de tu partida. Y es ahí, que al ver dentro de ti, descubrimos qué había sucedido. ¡Qué ira me invadió pitufito! ¡Qué dolor y rabia, cuando vimos que tenías una gran rotura hepática, producto de un traumatismo tan grave que más de la mitad de tu sangre se escapó por ahí! Todo estaba encharcado de un rojo tan triste, que me hizo pensar cuánto dolor debes haber sentido cuando se rompió tu hígado en una de las patadas que tu papá te dio. Y luego, como llorabas en la noche por la hemorragia interna que en cada sístole iba llenando más tu abdomen de sangre y mientras salía de tus arterias, era como ir perdiendo poco a poco la vida, y te hacía retorcerte, hasta que perdiste tanta que ya tu cuerpecito no pudo aguantar, y tu cerebro empezó a sufrir estando confuso, mientras que tu corazón trataba de compensar lo que horas después fue incompensable. Una muerte tan lenta, pitufito, tan dolorosa, tan prevenible. Si tan solo luego del golpe te hubieran llevado a la posta, te habrían operado y hoy no estarías en mis manos, cerrándote el pecho con un hilo de costura para entregarte a tu madre. Si tan solo alguien hubiera estado ahí para ti.

¡Qué difíciles cosas he pasado pasado al estudiar medicina... pero nada como esto! Me quiebro al ver estas cosas, esperando pronto que mi rotación por medicina legal aquí termine. He estudiado estos 6 años duro y parejo, para poder salvar vidas, poniendo en práctica los mil libros que lei para cuando llegue un paciente, en algún lugar de mi conciencia, tenga la solución a su problema y poderle devolver lo más importante en este mundo, la salud. Pero al ver pitufitos como tú, siento que nada puedo hacer. Me invade una tristeza de muerte, un dolor profundo que solo se mitiga levemente al saber que los culpables sí pagan. Tu madre llegará en cualquier momento a recoger tu cuerpo y le diremos la causa de tu muerte. La policía ha ido a buscar a tu padre. Y por momentos quisiera ser hombre, para causarle tanto o más dolor del que te ha causado, y verlo llorar mientras sufre al entender que ha pasado, pero eso no sucederá. Ya no quiero pensar en eso, pitufito. No sé qué pasará con él, ni con tu mamá ni con tu hermano - ruego a Dios que no corra la misma suerte que tú - ni si la justicia en verdad existe en un país tan sombrío como este. Seguro que en los días que me quedan aquí seguiré viendo las miserias y penas de cada día. Solo me consuela saber que estás libre, pitufito N.N, del trabajo, de la violencia, de la tristeza. Ya nadie te podrá herir en donde has ido y no volverás a preocuparte de nada. Y ahí en el cielo al lado de Dios - sí era verdad lo que decía tu maestra - jugarás como en el arenal, saltando, chivateando, riendo y siendo ya, sin remordimientos ni penas ni lágrimas, verdaderamente feliz.

Supayniyux

Basado en un hecho real

14 mar 2008

Mar adentro

"Por la blanda arena que lame el mar
su pequeña huella no vuelve más.
Un sendero solo de pena y silencio llegó
hasta el agua profunda.
Un sendero solo de penas mudas llegó
hasta la espuma"
Alfonsina y el Mar





1 ene 2008

Despertar de una noche de verano

En efecto, hemos llegado. No se ha detenido el bote por completo, y ya empiezo a tener una sensación extraña. Trato rápidamente de identificar ese aire extraño que acaba de embargar el sueño abruptamente y me doy cuenta con una tristeza fatal, que estoy despertando. No podría ser otra cosa. Es ese momento en los sueños que nos acompañan cada noche, en el que te das cuenta de que lo que estás viviendo no es real, y sientes una pena si lo que pasaba era bonito, o alegría si te das cuenta que el tormento que vivías se acabaría apenas despiertes. Es esa sensación rara la que me está invadiendo ahorita, como una certeza de que en poco tiempo se acabará lo que estoy viviendo y el fin inexorable de mi sueño me desconcentra por un breve instante. Es casi como el final de Cien Años de Soledad, cuando la lectura final de los manuscritos de Melquíades arrasara con todo Macondo y mientras se iban descifrando línea por línea, línea por línea iba sucendiendo hasta llegar la fin. Decido en ese momento no pensar en eso y simplemente seguir este sueño que hemos planteado los dos hasta que evetualmente se acabe, porque cuando uno decide ser feliz - esto lo aprendí a cocachos - no hay tribulación o angustia que se interponga. Ser feliz es, pues, lo que decido ahora.

Tú me miras con ternura y enciendes la vela. Mi miedo de terminar en un bote de madera incendiándose en pleno año nuevo por una aparentemente inofesiva vela se disipa cuando te acercas y me abrazas. Estamos echados, en silencio, protegidos con la manta y mirando el cielo muerto que espera la llegada de las doce para incendiarse con mil petardos y fuegos artificiales. Tomas el libro que has traído - muero de curiosidad por saber cuál es - y no dejas que vea la tapa. Con mi cabeza apoyada en tu pecho, me lees el final:

Negra, la Bruja Negra estuvo siempre detrás de mí.
Ahora también se me aparece por delante ¡negra!
Vuelve al revés el manto y la palabra ¡negra!
Me paga con dinero negro ¡negra!
Mientras los niños cantan y no cantan:
¿Está la Bruja Negra ahí? ¡Sí, sí, sí!

Nada mejor que un loco como nosotros para acompañarnos en este sueño, nada mejor que Grass para hacernos añorar un tambor de hojalata que nos una al mundo cada vez que lo toquemos. Es el libro que yo te regalé en ese cumpleaños en el que no quise verte, y fui la única persona que faltó a tu fiesta. Tus 33 años, la edad de Cristo, cuando más me esperabas y cuando más falté. Lo siento mucho, de verdad lo siento. No pude estar ahí contigo, y sé que todavía te duele esa ausencia en un momento tan importante. Días después me presenté en la publicación de tu libro, y al final de la reunión, cuando todos se acercaban para la firma de dedicatorias, me acerqué y te entregué el libro que ahora sostienes en tu mano y lees con tanto cariño. Me miraste, en los primeros segundos molesto, luego nostálgico, y luego resignado. A cambio, me diste un ejemplar de tu obra, con una dedicación escueta y feroz: "Para la que siempre está callada, para la que nunca dice nada...". Luego de eso, volvimos a perder contacto como siempre ha sido en todo este tiempo que nos conocemos. El vernos un día, y extrañar la próxima ocasión de un café por semanas y meses. ¿Qué es lo que teníamos? No lo sabremos, mi estimado, y las cosas no cambiarán, porque siempre estaremos en ese círculo vicioso de caminar juntos y minutos después prometer el no saber del otro jamás, pero por ahora hemos hecho un alto en nuestras vidas y estamos compartiendo esta lectura en el mar.

Miras tu reloj y rápidamente te pones de pie. Me ayudas y dices: "Ya van a ser las doce, y hay algo que tenemos que hacer" Me miras, un poco apenado, y entiendo qué es lo que quieres. Sonrío porque sé que tú no bailas bien, a pesar de que nunca te vi en una pista y creo que tú tampoco a mí. Sabía, por tus relatos en esas pocas tardes caminando por el centro de la ciudad, que te gusta ver y creo yo que esos afanes voyeuristas se extendían a campos más allá de las pistas de baile. Entre risas y espantos por tus experiencias, suponía que tenías dos pies izquierdos para cualquier danza, desde el bolero hasta la salsa, así que te prometí nunca bailar contigo para no dejarte minimizado ante cientos de concurrentes en las fiestas limeñas - no hay nada mejor que ser soberbia contigo y verte renegar por eso, recuerda que yo soy más inteligente - y veo que ahora en este sueño que trascurre y se va poniendo como el sol al finalizar la tarde, quieres bailar conmigo. Todo es posible en un episodio narcótico en el medio del mar bajo la oscuridad. Entonces de la pequeña radio, escucho una exquisita guitarra de bolero cincuentero, envolvente, inmejorable, que precede a las voces de tres diamantes que cantan el primer y último vals juntos:

"Divina ilusión, que yo forjé,
un sueño fue, que no se realizó.
Sin tu calor, mi alma morirá,
pensando siempre en tí, dulce amor ven a mí"
.
Ahí, bailando casi imperceptiblemente, apoyados uno en el otro, nos ha dado las 12. Y lo sé porque el cielo ha roto su negrura y se llena de mil colores, formas y luces. Cientos de fuegos artificiales alumbran el nuevo año - el hombre siempre ha tenido y tendrá una fascinación especial con los fuegos artificiales, que por segundos lo sumergen en un estado de embobamiento ante algo tan bello - y nosotros no somos la excepción. Extrañamente, no se escuchan los estallidos ni silbidos previos a los destellos en el firmamento, sino que un silencio sepulcral fuera de las voces de Enrique, Gustavo y Saulo nos envuelve de nuevo. Solo nos acompañan las luces, la divina ilusión y la sensación de estar tan cerca, pero a la vez terriblemente lejos, bailando al compás de un bolero en el medio del mar, de la nada, del mundo, del año nuevo y del cielo. Los colores en el cielo duran mucho tiempo, pero eso ya no importa porque la canción, por la magia de los sueños, se ha perpetuado y seguimos de pie. Sé que estás llorando, como yo, aunque los motivos que tengamos para hacerlo sean diferentes. Cuánto siento el no quererte como debería, y que tú me quieras sin deber hacerlo. Cuánto siento que yo misma sea una traba para algo bueno, y que todavía no esté lista para abrir los brazos. Cuánto lo siento, pero no puedo cambiar la realidad. Solo puedo vivir este sueño, y te abrazo con más fuerza porque sé que se está terminando. Tú has dejado de llorar, te has separado de mí, me miras con un cariño que traspasa como daga y luego entiendo que esta ensoñación está llegando a su fin. Luego de sentarnos de nuevo, me echo sobre tu pecho otra vez porque siento que se escapa de mis manos todo lo que estoy viviendo. Siento que se me está acabando el tiempo y todo se está acabando y no hay nada que pueda hacer ante eso. Y así, abrazada escuchando el corazón que tenías pero que ya no suena, volvemos a entrar a la oscuridad plena. Se han terminado los festejos por este nuevo año, todos en la playa han vuelto a sus fiestas, fogatas y bacanales, y yo tengo solo una sonrisa por haber recibido un día contigo. Cierro los ojos - por más que hago esfuerzos por no hacerlo - y así, juntitos los dos cerquita de Dios es, por un momento, lo que soñamos. Te pido que acaricies mi ensueño, mientras escucho el suave murmullo de tu suspirar. Y así, cayendo nuevamente en los brazos de Morfeo - que se han vestido de los tuyos - me voy perdiendo en el subconciente. Se deja de sentir la brisa, la música, el calor, la felicidad, el cariño, y todo lo bueno y malo que viene en el gran despertar de un sueño y luego de muchos segundos, minutos u horas, no lo sé todavía, vuelvo a abrir los ojos. A pesar de una vaga esperanza basada en la irrealidad, me doy cuenta que sigo donde empecé. Tengo una copa de buen vino en una mano, y solo una vela en la otra. Sigo echada en mi sillón de cuero nuevo, rodeada de las luces silenciosas de mi árbol, en una sala por el resto en penunmbras. Tardo en entender si todo ha sido mentira, o si simplemente he vuelto a este mundo de conciencia luego de algo único, casi casi como un sueño. Pero al final de esta vida, nada de eso importa. Porque como decía el arquitecto de Macondo, la vida no es como la vives, sino como la recuerdas, y cómo la recuerdas para contarla.
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Y para mí, el recuerdo de esa noche de verano fue más vida que nunca.
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Supayniyux

31 dic 2007

Sueño de una noche de verano

"Y esta débil y humilde ficción
no tendrá sino la inconsistencia de un sueño;
amables espectadores, no nos reprendáis;
si nos perdonáis, nos enmendaremos"
William Shackespeare
.
10pm. Tendida sobre este cuero suave y liso que se queja débilmente cada vez que cambio de posición, me siento adormecida. Estoy echada en el mueble nuevo desde hace muchos minutos, más de los que he podido contar, con las luces de la sala apagadas salvo las parpadeantes del árbol de Navidad, y tengo en una mano una copa de buen vino y en la otra, mechones de cabello que ondulo cuando caen en mi frente. Para ser el último día del año, creo que está bien pensar tanto. Todos se han ido: los señores de la casa han decidido pasar las 12 en una fiesta del Club de la Marina; mi hermano se va con una eventual bandida a la casa de algún amigo a recibir el Año Nuevo y yo... yo me he quedado con el vino, las luces que bailan alrededor del gigantezco arbolito cantando en silencio - porque he apagado su atormentadora musiquita navideña - y la voz espléndida de Toña, la Negra, que me ha cantado varias piezas y ahora, mientras termino mi copa y me vuelvo a acomodar mirando el jardín en tinieblas, me dice:

"Voy por la vereda tropical
la noche plena de quitud
con su perfume de humedad"

Me dejo envolver por ese compás, cierro los ojos y sonrío: he decidido pasar el Año Nuevo sola. Luego de pasar un año entero acompañada por el mundo, una noche a solas es más que conveniente. Por eso, dejo la copa en la alfombra, con el control remoto ordeno a la Toña a cantarme más alto y vuelvo a cerrar los ojos, esta vez no para pensar sino para dormir.

Estoy pues, entrando al mundo onírico, ya viendo a Toña que me canta en algún bar de los años gloriosos del bolero, todos vestidos de fiesta y fumando un habano, cuando se escucha un estridor en el salón del bar. Tardo segundos en deshacerme de tan melodioso sueño y darme cuenta que en realidad, están tocando el timbre de mi casa. Todavía con el humo de los habanos en mi retina, me levanto del mueble y pateo sin darme cuenta la copa. Abro y eres tú. Sí, tú. "Ponte tus sandalias, que descalza no te llevo a la playa" No has terminado de decir eso, y ya has entrado, levantado la copa en el piso que por suerte no se rompió, has apagado las luces del árbol de navidad, has tomado mis sandalias en tu mano derecha y las llaves de mi casa en la izquierda, suavemente me empujas hasta la puerta porque de la sorpresa de tu presencia casi no me puedo mover y ahí, bajo el marco, en la oscuridad total, me miras y como siempre, me das a entender la situación sin necesidad de palabras porque es sabido que las personas que se quieren pero no pueden estar juntas, desarrollan una forma de comunicación casi telepática que no necesita más para expresarse. Entonces, yo entiendo por qué estás ahora aquí. Las cosas en realidad, no han cambiado. Tú y yo no vamos a estar juntos, y menos ahora porque tú buscas rosas, pero yo soy orquídea, y ni tú vas a aceptar algo que no buscas ni yo me convertiré en algo que no soy, así que prácticamente seguimos dando vueltas. Pero hoy, es una excepción. Hoy será como un sueño. Nada más preciso, un sueño. Así como minutos antes Toña, la Negra, me cantaba vestida de fiesta, así será lo que suceda hoy al recibir un año más. Todo será posible y nada doldrá luego porque en los sueños, se viven cosas buenas y cosas malas, pero todo es un recuerdo luego de despertar, así que la mente vuela y se desenmascara. Habiéndote entendido entonces, salimos de mi casa.

Subo a tu auto después de mucho tiempo. Nada ha cambiado, tiene el mismo olor, y para mi beneficio, la misma música. "¿A dónde vamos?" pregunto, aunque la coincidencia de la vereda tropical que me sigue me lo revela:

"Es la brisa que viene del mar,
se oye el rumor de una canción
canción de amor y de piedad"

Vamos, pues, al mar. Y si no me equivoco, piensas cumplir una promesa. ¿Vas a cumplir tu promesa ahora? ¿Me llevarás a pescar? Tú sonríes y me dices: "Sueña" y no sé si tomarlo en sentido irónico o no, pero lo doy por hecho y preparo mi mente para seguir en este sueño de una noche de verano. Te miro mientras manejas hacia el sur, miro tus manos, tu cabello lacio y revoloteado que ha crecido en todo este tiempo que no te he visto, te miro cantar en voz baja las canciones que tanto te gustan. ¿Estoy perdonada? No lo creo, y no quiero pensar en eso porque me sentiría mal y todo este sueño que estamos construyendo se acabaría antes de tiempo. Entonces me miras cuando nos detenemos en el peaje por un instante, que basta para que en nuestras expresiones intangibles te diga que lo siento mucho y nunca quise hacerte daño, pero no podía avanzar a tu ritmo y construir sin siquiera haber diseñado. "Lo sé" me dices, y sonríes, aunque siempre estarás resentido y no habrá nada que yo pueda hacer para cambiarlo.

Te veo presuroso, ¿a dónde quieres llegar? Hay algo especial quizás, porque por más espontáneo que seas, piensas las cosas que de verdad quieres y elaboras genialidades, como ese cumpleaños en el que di por perdida la ocasión de bailar contigo en mi fiesta por tu estúpido trabajo que te había llevado a Montevideo. Me llamaste ese mismo día en la mañana de Uruguay, yo triste pero disimulando mi pesar de que estuvieras tan lejos, y me prometiste llamarme de nuevo cuando ya estuviera en la fiesta, mientras yo bailaba una canción para que pudiera bailar con el celular pretendiendo que eras tú. Te prometí que así lo iba a hacer, y por eso cuando luego en la noche me llamaste y preguntaste si estaba ya bailando y te dije que sí, me diijste que con el celular diera vuelta y ahí es que mi rostro chocó con el tuyo. Viniste de tan lejos, una gran sorpresa, algo irrepetible que me dejó boquiabierta y feliz toda la noche. Te agradecí con mil bailes y cien sonrisas el que estuvieras ahí, pero creo que nunca te dije - nunca te dije casi nada - que eso valió mucho. Y ahora, en qué has pensado para este Año Nuevo me pregunto yo. Tú te ríes porque sabes qué es lo que pienso y me dices: "Curiosa, ya llegamos". Efectivamente, sin darme cuenta hemos llegado a la playa. Bajas primero, me ayudas luego a mí y caminamos hacia la orilla. Ahí, sigiloso, nos espera un bote.

¿Alguna vez te preguntaste por qué nunca te besé? Probablemente muchas veces, pienso, aunque estoy segura que no encontraste la respuesta. No es sencillo, lo sé, y si te lo explicara no entenderías, así que te miro y así, mientras tú también me clavas tu pupila, creo que entiendes que no podía exponerte ni exponerme a materializar lo que para mi no era concreto todavía, y aunque suene corintelladista, un beso para mí hace un mundo y sella pactos, algo que todavía no se había acordado. Por eso nunca te besé, y no porque no lo hubiera querido hacer. Verás, soy muy calculadora y analizo todo, muchas veces de más, mucha razón y poco corazón. Te aseguro que eso me duele más a mí que ti - frase cliché pero cierta - pero ahora que ya lo has entendido un poco, tomo la mano que me brindaste para ayudarme a subir en el pequeño bote, y nos adentramos al vasto mar.

Nunca he estado en el mar rodeada de oscuridad. El bote avanza suavemente, y hay un silencio extraño: se escucha el bullicio de la playa, los acampantes, algunos cohetecillos, mujeres gritando ebrias de tanto ron, perros ladrando, pero en realidad, no se escucha nada. Es como si nosotros, encima de ese mar negro, estuviéramos separados del mundo, inmunizados de todo lo que pueda venir de tierra firme, y en nuestro pequeño espacio, con algunos murmullos y chapoteos del agua, hay un silencio total. Has remado por un buen tiempo y yo de tanto mirarte, no he caído en cuenta de las cosas que viajan con nosotros en este, nuestro sueño. A tientas puedo reconocerlas porque el cielo petróleo sin estrellas me impiden ver con claridad. Solo siento un libro, una vela, una manta, y un pequeño radio. Luego de eso, te detienes y dices: "Ya llegamos"...

8 dic 2007

Historia de un amor

Alianza Lima, más que un simple equipo de fútbol, encarna memorias de triunfos y decepciones, elementos que conforman nuestras realidades sociales diarias. Es la representación de muchas esperanzas populares y por eso la tragedia que experimentó aún vive en la memoria de todos, sean o no peruanos. Su condición popular, nacida de la entraña misma del barrio, lo hizo inmortal en esos espacios especiales de nuestra intimidad.

Rubén Blades

Hoy, 08 de diciembre del 2007, cuando se cumplen 20 años de un hecho que marcó la vida y pasión no solo de la hinchada más grande y leal como es la aliancista, sino que dejó huella en el Perú entero, quiero escribir sobre esta mi pasión. En memoria de ustedes potrillos, generación de deportistas que cayó en el mar de Ventanilla y dejó un mito y recuerdo imborrable en todos nosotros.

Fui de Alianza Lima desde que nací. Y no porque mi papá me haya enseñado a amar esa camiseta ya que él, para ser sincera, fue el que me inculcó el terror a los estadios y las hinchadas - su hermano salvó de milagro en esa tragedia del Estadio Nacional el 24 de mayo de 1964- así que no tuve la suerte de contar con el auspicio parental. Mi mamá, hincha incipiente de la U, tampoco contribuyó y de solo haber vivido con ellos, jamás hubiera descubierto lo que años después descubrí.

Fue mi hermano mayor, Sandro, quien me mostró lo que era ser hincha. Todavía recuerdo esa noche del 05 de noviembre de 1997, cuando mi hermano entró a la casa como un loco en plena cena, con la cara pintada de azul y blanco, moviendo su bandera por todos lados y gritando Ole le ola la Alianza es lo más grande del fútbol nacional. Se acercó saltando y me cogió de los brazos, emocionado como nadie en este mundo y me dijo: "Chinchosita! Alianza Lima ha campeonado! Ha sacado su libreta electoral!! Después de 18 años, mi Alianza es campeón!!!". Dicho esto, salió de la casa a celebrar con los amigos del barrio, sus fieles compañeros de estadio, cantando y llorando de alegría como todo aliancista luego de ese partido en Talara contra Torino que nos dio el campeonato después de 18 largos años de sequía de títulos. Yo, a mis 11 años, no entendía muy bien esa alegría inmesurable pero de alguna forma sabía que solo un aliancista puede guardar un sentimiento tan grande y sobrecogedor en el corazón, así que ese día también me fui a dormir con una sonrisa porque Alianza Lima era campeón.

También recuerdo las tantas tardes en las que entraba al cuarto de mi hermano, yo chiquitita y él en la universidad, y me ponía a verlo con detenimiento. Miraba sus paredes azul y blanco, los pósters de los potrillos, la banderola en la ventana, y de vez en cuando me aventuraba a abrir su clóset - Sandro, espero que no estés leyendo esto - con serios trucos que mi pequeñez había descubierto, y me quedaba observando los dibujos, las tarjetas y un papel pegado sobre los cajones que decía: Alianza Lima, cada día te quiero más. A veces llegaba Sandro y me decía: Chinchosa! Qué haces en mi cuarto? Ven, siéntate. Y sacaba su cancionero y me enseñaba a cantar: Sur sur sur su su barra es, vamos Alianza Lima corazón (lo estoy escuchando, incluso veo sus manos haciendo ademanes de fuerza) y luego el Eeoee oeee oee oee Alianza!! - hace tres partidos escuché esa canción por primera vez en la tribuna y mis ojos brillaron al acordarme de mi hermano - y pacientemente le explicaba a esa niña de 7 años lo que era querer una camiseta.

Una noche, cuando estaba en primaria, mis hermanos mayores me llevaron con ellos a Ventanilla a dejar a mi papá para hacer un arqueo en la oficina. Mientras esperábamos en el carro, alumbrados solo por las luces naranjas de los postes, mi hermano Sandro me contó de los potrillos. Me dijo que el mar se los había llevado, y me relató la pena y tristeza que sintió el día que dieron la noticia. Mi hermana Patty, la mayor, me decía que en esa época ella tenía 10 años y que también había llorado por los aliancistas que se cayeron al mar. Incluso me contaron que me habían llevado a una de las misas que se hicieron en nombre del equipo perdido - cómo habría de recordarlo si yo solo tenía 1 año! - y mientras relataban la tragedia, yo me imaginaba lo sucedido, miraba al cielo y pensaba que las desgracias en las familias pueden producir dos cosas: la desintegración, o la unión férrea que trasciende el tiempo y las vicisitudes. Esto último es lo que le pasó a la familia aliancista, pensaba yo. Y seguía mirando el cielo, imaginando el sentir de toda esa gente que fue a Ventanilla a despedir al prometedor equipo que había de quedarse en el recuerdo eterno.

Mi hermano se fue a vivir a Huaraz cuando yo tenía 13 años. Nunca pude ir al estadio en todo el tiempo que vivió en mi casa porque me contaba atrocidades de Matute - no sé si porque era verdad o era que no quería llevarme jaja - así que yo crecí pensando que la tribuna era robos, bolsas de "agua" que volaban desde arriba y rochabuses sin parar. Las peleas y palazos de los policías eran las escenas que aparecían en mi mente si escuchaba la palabra estadio, y no imaginaba una mujer dentro de ese mar de gente, que no saliera asaltada o levantada en peso (tardé muchos años en descubrir la realidad), pero eran mis ideas para la época. Si no era mi hermano, mi única puerta para conocer sur y ver al equipo jugar era inexistente, así que no volví a pensar en eso y con Sandro lejos, fui una aliancista común y silvestre.

En el 2003, estando ya en el 2do ciclo de la universidad, fui al concierto de aniversario de radio Panamericana. Por motivos que quizás comente en algún post próximo sobre salsa y sabor, fui sola a ese concierto de 6 horas de buena música en el vértice del Museo de la Nación. Pero el momento más memorable, ese que jamás olvidaré, fue cuando el maestro Rubén Blades - razón por la que fui a la velada - hizo un alto en su presentación. Pidió un silencio, cundió un ambiente de magia y sentimiento y se puso la camiseta aliancista (para júbilo de casi toda la concurrencia y las pifias de unos cuantos). Yo lo miraba embelesada, mientras proyectaba un video en la pantalla de homenaje "a los muchachos de la gran Alianza Lima". Fue un momento memorable, seguido por la maravillosa "Todos vuelven", coreada por todo el público que terminó con un gran y merecido aplauso. Cuando terminó el concierto, el señor que estaba a mi lado y que se había dado cuenta que era aliancista me dijo: Ya ves niña, hasta los grandes son de Alianza Lima.

No volví a pensar en la tribuna hasta fines de diciembre del 2005. Estando en casa de mi enamorado en esos días - gran hincha de Alianza Lima y fiel comprador del Bocón - mientras esperaba a que terminara de cambiarse, en la sala cogí su periódico por primera vez y lei una nota que me conmovió y me hizo sentir orgullosa. El equipo había tenido una de las peores campañas ese año, terminando en la cola de la tabla y un día antes de esa edición, se había jugado el último partido del Clausura. Pero el periodista no escribió acerca de los jugadores, sino que habló sobre la hinchada aliancista y su fidelidad incluso cuando ya no había nada por qué pelear. Decía que el gran Comando Svr estaba molesto por la mala campaña, pero que estaba ahí, bajo la garúa de ese diciembre en las buenas y las malas, esperando que el siguiente año el club se portara mejor y les diera una alegría. Que los blanquiazules se fueron con la cabeza gacha luego de que terminara el partido, pero que era encomiable como cumplieron y se hicieron presentes esa fecha, acompañando al equipo sin condiciones. Y que bien lo decía la canción: "No puede ser blanquiazul aque que no haya llorado, aquel que no haya sufrido". En ese momento, mientras leía se abrían de par en par las puertas que daban a esa parte de mi corazón donde estaban los momentos en los que cantaba con mi hermano Yo tengo fe que Alianza va a ganar, y me transporté a mi sala, los fines de semana de todos los años en los que Sandro llegaba con todos los amigos del parque tristes a mi casa, con la cara pintada, las camisetas puestas luego de una derrota de su equipo, y se ponían a tomar cantando esa canción, mientras yo le preguntaba a mi hermano por qué si su equipo perdía seguía yendo a verlo y él me decía que ser de Alianza es una pasión diferente y aunque gane o pierda, se quiere cada día más y más. Todo eso me hizo recordar un simple recorte periodístico, así que cuando mi enamorado apareció lo primero que hice fue pedirle que me lleve al estadio. Luego de mirarme con cara de extrañeza y asegurarse de que no estaba bromenado, me respondió con un simple: Lo voy a pensar. Durante todo el verano del 2006 le insistí, pedí, chantajeé y hasta coaccioné, hasta que un recordado 25 de febrero me llevó por primera vez a Matute.

Ese día se jugaba la 4ta fecha del apertura, y Alianza era local frente a Cienciano del Cusco. Yo no tenía camiseta, así que Augusto me prestó la suya - edición del Centenario autografiada - y partimos en su carro rumbo al estadio. Las entradas lógicamente eran a occidente, así que llegamos al estacionamiento y entramos. Fue un instante mágico. Sé que los no aficionados al fútbol o algún equipo probablemente no entiendan las palabras que aquí escribo, pero no puedo dejar de expresarlas. Era una sensación embargante, era sentir los gritos de júbilo de mi hermano y ver en vivo y directo las imágenes emotivas del equipo más grande del Perú. Al cabo de unos minutos, todos en occidente empezaron a aplaudir y yo le pregunté a Augusto: qué pasa? y él me dijo: Está entrando el Comando Svr, mi amor, la mejor barra del Perú. Y vi cómo entraba ese mar de gente, en medio de la algarabía y los cánticos, el bombo y las trompetas y todo el estadio con las palmas: A-lian-za cam-peón!! y se iniciaba la fiesta en sur. Yo anonadada, le preguntaba a Augusto por qué no habíamos ido a la popular y él se reía y me decía que estaba loca, que era imposible pisar esa tribuna y que muy peligroso mi amor, mejor occidente porque aquí estamos más tranquilos. Sentí entonces la misma tristeza que sentía cuando mi hermano me decía que no podía llevarme a sur con él porque era muy chiquita (así hubiera tenido 50 años tampoco me iba a llevar), pero no pensé en eso y me dediqué a disfrutar mi primera visita al estadio. Aplaudí cada buena jugada, maldije a los árbitros - no hablo lisuras pero esa tarde fue el desquite - y escuché con alegría el No me arrepiento de haber venido hasta acá, el Cuando yo me muera quiero que mi cajón y muchas más. Fue una linda tarde, que hasta ese momento no había tenido goles. Casi 5 minutos antes de que acabe el partido la gente de occidente comenzó a salir. Yo no entendía por qué, y cuando Augusto me dijo que era hora de irnos porque ya estaba sentenciado el empate y había que salir antes con el carro para no encontrarse con la barra, yo dije Ah no!!, ni hablar!! Es mi primera vez en el estadio y no me muevo hasta que el árbitro haga sonar el pito. Con qué determinación lo habré dicho que con el rostro desencajado, a él no le quedó de otra que sentarse a esperar a que termine el partido. Y es ahí que en el minuto 94, hay un tiro libre a favor de Alianza Lima. Olcese ejecuta y Galindo la mete en el arco de Cienciano. Gooooooll!!!! Gooooolll!!!! Lo grité hasta quedarme sin aire! Gol de Alianza, mi primer gol en el estadio, mi primera alegría! Todos celebrábamos, yo saltaba y le decía a Augusto: Ya ves!! Valía la pena quedarse hasta el final! Ahí terminó el partido y yo salí saltando enfocada por las cámaras de CMD mientras la afición gritaba: Corazón Alianza Lima, corazón para ganar! Todavía guardo esa entrada de recuerdo en mi billetera, mi primera visita a Matute y el día en que me enamoré de sur.

Han pasado muchos partidos desde esa primera vez, y he vivido muchas penas y alegrías junto al equipo. Ahora voy a sur, pero esa es otra historia. Solo puedo decir que todas las fechas estoy alentando, viviendo en cada partido ese amor por una camiseta, esa que mi hermano me enseñó a querer y que yo misma aprendí a respetar. He descubierto con el tiempo que la hinchada de Alianza Lima es todo lo que decía ese periodista que me conmovió con su artículo, y más. Solo un grupo humano que representa a la mayoría del Perú puede mostrar una fidelidad a una institución más allá de los triunfos y fracasos... Solo una hinchada como la nuestra puede seguir a su equipo a pesar de que no campeonara durante 18 años, y mantenerse intacta en sentimiento y devoción. Rubén Blades tiene razón: Alianza Lima representa triunfos y decepciones, eso que vemos todos los días los peruanos, esa tragedia y dolor vivida diariamente por muchos y ese camino hacia la gloria luego de muchos sufrimientos. Es el compendio del sentir del pueblo, y quizás por eso a pesar del tiempo se mantiene indemne.


El año pasado viví mi primer campeonato, luego de haber seguido al equipo durante cada fin de semana y lloré de emoción esa noche en sur cuando después de tantos años Alianza dio la vuelta en Matute. Eso señores, no tiene precio. Mi hermano Sandro, que desde hace 4 años radica en Holanda, me mandó un correo luego del campeonato de su querido club, emocionado y con una foto adjunta que me hizo recordar esos tiempos en los que vivía en mi casa. Está él y sus dos compinches, amigos fieles de estadio y aliancistas de corazón. Ahora uno está en Estados Unidos, el otro todavía vive en el parque, pero los tres siguen teniendo el corazón pintado de blanco y azul. En julio viajé a Europa con mi familia de vacaciones, y llevé dos camisetas: la mía, porque prometí a un amigo tomarme una foto en cada ciudad del viejo continente como muestra de que la pasión por Alianza trasciende fronteras, y otra para mi hermano, que me pidió de forma especial a penas se enteró que viajábamos por allá e íbamos a pasar por Holanda a visitarlo. Lamentablemente, la maleta donde iba su regalo se perdió y mi hermano se quedó sin prenda. Quise dejarle la mía pero como era de esperarse, le quedaba pero solo a su brazo. Nos despedimos con la promesa de que le iba a mandar una cuando volviera a Lima. Ahora que escribo estas líneas, me acuerdo que no he cumplido con lo pactado. Pero hace unas semanas me escribió contándome que su novia está embarazada así que mi hermano, a sus 40 años, será papá muy pronto. Por eso, he pensado en comprarle una mini-camiseta de Alianza y se la voy a enviar por Navidad. Sé que le va a encantar, y le voy a poner en la tarjeta: "Para el pitufito más esperado de la familia y un pequeño hincha de Alianza Lima a futuro". Mi hermano sonreirá, se acordará cuando me enseñaba a cantar las canciones del equipo y me decía: Alianza Lima ha sacado su libreta electoral chinchosita! Somos campeones!

Te quiero mucho Sandro, a la distancia!

Arriba Alianza Lima hoy, mañana y siempre!!

Supayniyux

5 dic 2007

Luego puedes decirme adiós

En los momentos libres de ataduras, esos sobre sábanas suaves y donde muchas veces tú y yo descansamos sin decir nada, simplemente respirando y averiguando el sabor de nuestra piel, la textura de tu espalda y el aroma de mi cabello... en esos momentos en los que no somos de nadie sino de nosotros mismos que nos hacemos más grandes y profundos al estar juntos, tan diáfanos que quizás nos asuste un poco, porque tú puedes verme sin blusas ni mentiras, casi como Dios me mandó a este mundo en cuerpo y alma, y yo puedo ver lo que no quieres ser pero eres en realidad, sin vestiduras ni prejuicios... ahí, sin tener que dar nada más que la posibilidad de yacer uno al lado de otro para pensar, reir, conversar, escribir y simplemente existir por un momento juntos, estamos viviendo las tardes de algunos días de nuestras vidas.

Mientras tú descansas suavemente y el sol entra encendiendo la línea infinita de tu espalda, que llena tu habitación de una fragancia mezcla de gardenias, cariño y sopor, yo te miro y escucho una canción...

Kiss me each morning for a million years
Hold me each evening by your side
Tell me you'll love me for a million years
Then if it don't work out
Then if it don't work out
Then you can tell me goodbye

Sweeten my coffee with a morning kiss
Soften my dreams with your sighs
Tell me you'll love me for a million years
Then if it don't work out
Then if it don't work out
Then you can tell me goodbye

If you must go, oh no, I won't grieve
If you wait a lifetime before you leave

Then if you must go Mmm, I won't tell you no
Just so that we can say we tried
Tell me you'll love me for a million years
Then if it don't work out
Then if it don't work out
Then you can tell me goodbye

En ese momento pienso que no te pediré que me digas que me amas por un millón de años, pero... quisiera poder decir que lo intentamos.

Supayniyux